El 2019 fue un año raro, no sé si fue el precio del petróleo en el mercado internacional o las influencias de Mercurio en Casa 10 o el cambio climático o los datos móviles…creo que fue un todo en uno.
La cosa es que me siento diferente porque aprendí mucho. Aprendí a querer a quiénes tienen criterios diferentes a los míos, porque hay batallas más importantes que luchamos junt@s. Aprendí a construir responsablemente mis defensas en cualquier escenario, para evitar malentendidos, y aprendí que hay gente que se esfuerza por tergiversar mis palabras, y que por eso no se debe decir nada a la ligera.
Aprendí que no hay por qué aguantar la toxicidad, a alejar a cualquiera que no respete mis decisiones, sea quien sea, aprendí a ser sorda ante lo nocivo, y a pedir consejo.
Aprendí a quererme, a descubrirme, a decidirme, a levantarme, a lucharme, a escribirme. Aprendí que es imprescindible estar en paz conmigo misma para luchar por la paz ajena. Aprendí que si se tiene algo que decir, hay que decirlo y punto.
Aprendí que hay gente muy buena que llega en el momento justo, que la compañía escogida es imprescindible para la felicidad, que la risa vale más que todo, que la amistad mejora el cuerpo además del alma.
Aprendí que no vale la pena andar refunfuñando por la falta de pareja, porque para amar a otro hay que amarse primero, y para que te amen, tienes que desprender amor.
En el 2019 me hundí, no hay razón para ocultarlo, y toqué fondo. No sé si salí por completo o si todavía estoy a mitad de camino, pero me queda claro que no más, que el 2020 trae lo más ansiado, trae sorpresas y desastres, trae alegrías y tristezas, trae vida, y más importante: trae razones para vivir.
Así que adiós a la década, para mí empieza la adultez plena y eso, necesita mucho corazón de niña.
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Carpe diem. Lindo resumen, los mejores tiempos siempre están por vivirse, Lisy, cuenta con mi sonrisa para empujarte a la felicidad compartida en nuestro barrio de hackers. Feliz año nuevo! Te espero en el 2020.