La bola negra, la acampada y un par de reflexiones migrantes

Los Javis hicieron la peli que creían que estaban haciendo.

Ayer fui al cine a ver La bola negra y, si soy sincera, me falta verla dos o tres veces más para analizar en profundidad la joyita que nos han regalado Los Javis. La fotografía es una delicia visual, las interpretaciones te erizan la piel y el manejo de los tiempos en la narrativa es impecable. Hablando de eso, sentí la influencia de The hours (una de mis pelis favoritas de la vida) y hay un placer añadido cuando reconoces en una obra algo que conoces.

Eso sí, mi ojo de script tembló toda la peli con el pelo de Carlos, mamita querida que putísimo estrés con el posible (e inevitable) desmatcheo. Pero weno, de inevitables saltos de raccord están llenas las grandes obras de arte, así que nada nuevo bajo el sol.

A medida que avanzaba la película, sentí una sacudida brutal por dentro y una incómoda ignorancia sobre una etapa fundamental de la historia española: los años 30, la Segunda República, el fascismo y la Guerra Civil. Me dio una tristeza enorme darme cuenta de que, aunque Cuba y España compartieron más de cuatro siglos de historia, en un punto determinado tomamos caminos separados y cada país empezó a vivir su propio hardcore sin que el otro se enterara verdaderamente de lo que le pasaba al otro. Claro que es algo comprensible: sería tan iluso como pretender que una española de treinta años que jamás ha pisado la isla vea por primera vez Clandestinos o Ciudad en rojo y entienda todo el contexto histórico de un solo golpe.

Y con la peli en la cabeza, y la incomodidad de quien está acostumbrada a conocer la historia de su país, me topé con un video de YouTube que me partió al medio. Confieso que le he hecho rechazo a hacer vlogs para sumar suscriptores, sé que es el contenido que pega pero no sé, ahí no quiero entrar, prefiero consumir. Y consumiendo llegué a este, el primer recorrido por Madrid de la madre de una reconocida creadora de contenido, junto a dos amigas, que creo serán de mi edad y quizás lleven más tiempo aquí. Y todo iba bien, normal, lo esperable de este contenido… hasta que llegaron a Sol, y se «tropezaron» con la acampada.

La Puerta del Sol no es solo un punto fotográfico con el Oso y el Madroño o el Kilómetro Cero; en la historia de España ha sido el epicentro del pulso ciudadano, la plaza pública donde la gente sale a acampar y exigir derechos básicos (desde la vivienda digna y la sanidad hasta causas laborales o pacifistas).

Sin embargo, la reacción en el video ante esta manifestación fue un chorro de desprecio e ignorancia que me partió el corazón. Escuchar calificativos como «asquerosidad», «deprimente», o tildar a los manifestantes de «vagos que no quieren trabajar» y cuestionar de dónde sacan dinero para la cerveza, reveló una desconexión total. Repetían convencidas que «la democracia es una cosa y el relajo es otra», exigiendo prácticamente que la policía los quitase de allí para no afear la ciudad a los turistas.

En mi ecuación, siempre, siempre, SIEMPRE pueblo mata turista. Pero weno, comprendo (porque me quedan 3 gramos de empatía) para ponerme en el lugar de la gente, y sé que detrás de esas palabras no hay maldad, sino trauma no sanado. Es que nada más unos minutos más tarde, en el mismo vídeo, le propusieron tirarse una foto frente al cartel de la calle Cuba y se negó en rotundo exclamando que la isla la traumatizaba, la estresaba y que no quería saber nada de ella porque no tenía «ni país, ni presidente, ni bandera».

Ese es el gran drama del emigrante cubano: la herida de la dictadura es tan profunda que, en el afán desesperado por alejarse de todo lo que recuerde al régimen, muchos se radicalizan y rechazan de plano cualquier manifestación cívica o causa social, confundiendo la protesta democrática con el caos del que huyeron. Pero mami, tu trauma no puede salir a insultar a quienes están luchando, te guste o no, por los derechos de todos, incluso de los tuyos, aunque en tu ignorancia no lo sepas ver.

Y yo con La bola negra en la cabeza, entre ceja y ceja, para mí es indispensable integrarse a la sociedad que escogiste para echar tu vida, pero no es aprenderse las marcas de moda, no es comer en cadenas de comida rápida ni saber usar el transporte público.

Al final, la mayoría de los cubanos que llegamos aquí no tenemos derecho al voto durante años, y eso es una realidad. Pero sí opinamos. Tenemos redes sociales, conversamos en la calle, consumimos contenidos y, a veces, hay quien pone una cámara delante de miles de personas para lanzar opiniones ligeras cargadas de prejuicios. Ahí es donde radica la verdadera ética: en la opinión pública.

No podemos ir por la vida difundiendo desprecio, resentimiento e ignorancia histórica sobre el país que nos abrió las puertas. Honrar la acogida no requiere tener un carné o una papeleta en la mano; exige la responsabilidad cívica de investigar, formarse y opinar con la memoria despierta.


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