Hoy fui a la peluquera de mi barrio para que me arreglara las cejas. No soy mucho de frecuentarla porque vengo poco a Camagüey, pero cuando estoy aquí paso para tratar de darle forma a mi cara, tan poco dada a tratamientos. Siempre hay mujeres ahí, y desde que tengo memoria me he sentido cómoda, el chisme compartido hace falta para saber cómo se mueve el mundo y más aún para saber cómo piensa la gente.
Hoy estaban dos clientas además de mi, éramos cuatro en un espacio bien reducido.
La peluquera es una magnífica mujer, muy religiosa y asidua a la Iglesia Protestante. Cuando yo pensaba que religión era igual a intolerancia ella me enseñó que esa no era la regla, que para ellos Dios quiere a todos y se esfuerza por hacer el bien. Yo creo que esas palabras son más suyas que del Señor, pero cada quien debe ser feliz con lo que cree. Empezó a hablar de una idea que había tenido hacía muchos años: construir un refugio para mujeres violentadas. Y ahí se formó.
La cliente que estaba sentada a mi lado comenzó a gritar que esa idea no valía la pena, porque «las mujeres que se dejan meter no tienen carácter, a mí sí no hay quién me meta el pie porque si un marido mío…»
No la dejé terminar. Hablé de las múltiple manifestaciones de violencia, hablé de la Ley Integral, hablé de sororidad, hablé de machismo institucional.
Aquella mujer que había acabado de hacer tribuna sobre su empoderamiento, sobre su nivel profesional, sobre su increíble capacidad de no aguantar nada, no sabía que era la sororidad, no entendía el concepto cuando se lo expliqué, y negó haber dicho que se venía a pintar el pelo porque a su esposo no le gustaban las canas, y ella lo complacía aunque le encantaban. Aquella mujer piensa que toda la que ha sido violentada se lo mereció en algún momento, y que la respuesta a la violencia, es más violencia.
Esa mujer me dijo que no valía la pena meterse en ese potaje, porque al final, nadie agradecía nada. Que yo era muy joven y que no me daba cuenta que una ley integral contra la violencia de género era una cosa estúpida, y que si tenía que llegar llegaría sola. «Claro, como el divorcio, que llegó solo; como el derecho al voto; como su derecho a tener su casa a su nombre» le respondí.
Esa mujer me demostró que de nada vale lo que se hace en La Habana si no llega al resto del país, que somos un grupo reducido las que hablamos sin miedo, las que denunciamos, las que estamos conscientes de que esta lucha es de todas.
La burbuja hay que romperla, hay que extender la verdad por toda Cuba. Hace poco alguien dijo que el parlamento cubano era feminista por el gran porcentaje de mujeres que lo integran. Mi respuesta fue: si la Asamblea fuera feminista, estaría aprobado el matrimonio igualitario.
Cuba no aguanta más el machismo que la consume, y ha sido durísimo entender que hay mujeres ciegas todavía, ciegas porque hay tantos problemas y tantas responsabilidades que las individualidades y todo lo que represente un pensamiento de nuevo tipo, es una pérdida de tiempo.
¿Qué hacemos? ¿Qué podemos hacer para extender esto por la isla? Necesitamos que el feminismo abandone las redes sociales y plataformas digitales y llegue a los barrios. Esto es un llamado de ayuda, nace en Camagüey pero sé que el resto no está mejor.
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En Cuba hicimos muchas cosas por todo el país. Precisamente en Camaguey fue donde más se hizo. Se usó el Arte como vía, pretexto para ubicar los temas. La Solicitud de una Ley integral de Violencia de Género ha sido ninguneada, entre otras cosas, porque el machismo en Cuba es ESTRUCTURAL, es sencillamente la base misma del modelo de nación que hemos sostenido. Lógico que las mujeres reproduzcan, son el resultado de esa estructura también. Por experiencia te digo, que aunque te muevas por todo el país con proyectos buenos, ellos solo dan un barniz a algo mucho más profundo, metido en el ADN de la nación cubana.
¿y entonces profe? ¿Qué hacemos? Seguiremos reclamando la Ley Integral, pero en lo que llega qué?