
Llegó con la mochila llena. Salió huyendo en cuanto pudo conseguir transporte. Más que a la plaga, le huía a la dificultad. Encontró su cuarto como lo había dejado y se sintió ajena. No eran sus cosas, eran de una persona que ya no existía. Decidió que le daría un vuelco a todo. Dos semanas después todo seguía igual.
Llegó a una ciudad marchita, con gente muerta. Pero en aquel cementerio estaba su espacio, la diferencia entre cárcel y refugio. Entró con la mochila, cerró la puerta y no volvió a salir. Desde sus pantallas se dedicó a seguir la enfermedad y vio espantada cómo tocó de cerca a gente que había dejado atrás en su escape. La incertidumbre y el pánico se convirtieron en sus compañeros.
Y el cuarto seguía igual…
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