Breve historia para almas sordas.

En el principio era oscuridad, luego abrió los ojos. Nació grande, pero era común, una más. Hilda comenzó a parir, y ponerse más y más grande, y de repente era enorme, porque había parido a decenas. Y le hicieron figuras en piedra, para agradecer que había salvado a la familia con sus hijos.

Esos hijos trabajaron mucho y ahora ella era rica. Todos querían ser como Hilda porque significaba solvencia económica. Todos pagaban más al pintor que le pusiera relleno al lienzo. Era feliz.

Luego llegaron las nubes al cielo, los libros se escondieron, las velas se apagaron y se declararon los pecados. Hilda casi no comía, pero nadie le preguntó. La condenaron, la humillaron, la declararon indigna. Así pasó a ser la broma.

A veces algún que otro valiente decidía retratarla tal cual, como mismo retrataban a Lucía o a María, pero la gente se empeñaba en buscar las cuatro patas y entonces Hilda era lujuriosa, pecaminosa otra vez.
Se fijó la normalidad y por supuesto, estaba fuera de ese margen. La mandaron para el circo. La burla otra vez.

Hilda tuvo que olvidarse de todos los pecados que sobre ella caían y demostrar lo que era. Decidió salir en trusa y volverse un símbolo sexual, decidió cantar mejor que todos, decidió olvidarse de las burlas y enfrentar al mundo. Pero esa era la fachada, seguía siendo objeto de burlas quizás más silenciosas que el circo, pero igual de humillantes.

Por fin borró de su mente las representaciones negativas y se centró en los que la veían como era, sin más ni menos, y se sintió ella.
Ahora Hilda anda por ahí, enfrentando al mundo. Sigue con sus problemas, le dicen enferma, pero ella no ha hecho nada malo y lo sabe. Come sano y se ejercita, pero nació grande, qué le va a hacer. La retratan y la quieren volver tendencia, pero ella no quiere eso, quiere ser y punto. Ahora tiene que ayudarlo a él, que sigue estancado en los prejuicios del pecado, y no ha dado el brinco hacia la luz.


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