«Tú y yo jamás podríamos tener nada, a mí me daría pena salir contigo a la calle, qué dirían los socios del barrio»… así me dijo el único muchacho con quién chatée los últimos meses y que creía yo que me gustaba. A ver no, mala mía, sí me gustaba. Me gustaba tanto que aún cuando me soltó ese disparate demoré un mes en eliminarlo de mis contactos.
Hoy por la mañana le respondí su último mensaje, le envié un audio explicándole por qué no quería tenerlo ni de conocido, y tuvo la cara tan dura de decir «eso no fue lo que yo dije, pero es tu decisión». La vistimancia, el drama.

La gente se sorprende cuando conoce algo de mi «vida romántica», no suelen creer que es más corta que febrero y casi siempre me culpan: es que eres muy exigente, es que eres muy seria, es que intimidas con tu personalidad, es que, es que… Ya no me cojo lucha porque en definitiva, además de gorda soy mujer y esta sociedad patriarcal tan bonita que nos ha tocado SIEMPRE buscará excusas para culparte a ti. Ya me limito a asentir con una sonrisa para evitar los debates estériles. Pero, ¿en serio pipol? ¿La culpa es mía por ser como soy? ¿O es culpa de los sapingos como el de arriba que tienen prejuicios absurdos?
En fin, quería contarles esto que sucedió porque es tan insólito, al menos para mí, que resulta hasta gracioso…si no me hubiese gustado el chiquito probablemente habría escrito algo simpático, pero buano…hay de todo en el reino de R’hllor, y el sapingo de hoy me tocó a mí.
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Delicia de miércoles en la noche
Las faltas de sensibilidad y de cerebro a las que amablemente llamamos prejuicios son las que han jodido la mente de tanta gente hermosa, buena, con talento y que no tiene nada de qué avergonzarse. Puede parecer trillado, mami, pero estas tallas tienen que pasar para que una aprenda cómo reparar un pedacito de la autoestima que la sociedad se ha encargado de desbaratar. Abrázate ahí de mi parte.
Muy bien por ti. 👏👏