Aislamientos.

Han pasado 195 días desde que me declaré en aislamiento. Debo empezar por decir que para mí esa decisión significó dejar La Habana y venir a casa, a Camagüey. No tiene nada que ver con focos ni eventos de transmisión local, sencillamente aquí está mi casa y mi mamá, el lugar que es mío. En La Habana trabajo, tengo a mis amigos, mis lugares favoritos, todo lo que conozco y adoro desde hace 5-6 años. Vivo siempre a mitad de capacidades.

Desde que empecé en el ISA no había pasado tanto tiempo en Camagüey. No ha sido fácil, aquí está mi espacio pero me falta el 75% de la felicidad…bueno, el 50%, apareció alguien que de haber estado en La Habana no hubiera podido abrazar tan seguido, aunque esté lejos ahora mismo.

Hubo una ocasión en que escapé a la capital, cuando parecía que la cosa mejoraba, y pude pasar una noche con amigas que valió cada segundo de agotamiento, porque fui directo de la carretera para allá, pero tuve que regresar al tinajón en la era post-Bauta.

La segunda cuarentena está siendo más dura. Lucho conmigo misma para no conectarme tanto y pierdo épicamente la pelea. Me refugio en la pelota y los proyectos que se me ocurren, extrañando el trabajo, la compañía, los hábitos de post-graduada que empezaba a cultivar, la libertad de comerme la pizza de Línea o la del Parque de la Fraternidad.

Me refugio también en los proyectos que van apareciendo «para cuando se pueda», los cafés que nos debemos los que hemos compartido virtualmente estos meses, los planes de asentamiento inmobiliario y los que ahora son bonche pero pueden ser verdad. En estos 195 días he crecido como mujer, y siento que harán falta 195 más para llegar a serlo, pero a ser posible sin aislamientos, por favor.


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